ESPECTACULO

Robin, sus memorias: locuras sexuales, su “indecente anatomía” y el día que atraparon al Acertijo en una orgía

2020-08-01 10:48:17 |Burt Ward encarnó al ladero del súper héroe en la fabulosa serie televisiva. El video de su increíble casting. Las quejas de la liga de madres por su traje, que obligó a esconder sus atributos. Las aventuras con las fans del Dúo Dinámico junto a Adam West. El trío que fantasearon con Batichica. Los recuerdos de un hombre que acaba de cumplir 77 años y sigue siendo El Joven Maravilla
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Batman había aparecido once números antes, en la edición 27 de la revista Detective Comics. El personaje fue un éxito inmediato. Un superhéroe sin súper poderes. Un justiciero con un lado oscuro, con dos caras. No se permite usar armas de fuego (nos enteraremos después que por el recuerdo a lo sucedido con sus padres), ni asesinar. Pero sí puede hacer daño y desarrollar su crueldad contra sus enemigos.

El nuevo superhéroe provocó tanto impacto que los guionistas continuaron durante unos números con las aventuras sin detenerse a explicar su pasado y sin molestarse en agregarle personajes a su alrededor. Hasta que contaron el asesinato de sus padres y le sumaron a Alfred, el mayordomo discreto y leal.

En el número 38, hace poco más de 80 años, se incorporó alguien más. El anuncio estaba ya en la tapa. En el sector izquierdo, imperturbable como siempre, Batman. A su lado, entrando como una aparición de circo, atravesando un aro cubierto con un papel que destroza con su irrupción, Robin, su nuevo ladero. La presentación prometía: El Joven Maravilla.

Las memorias de Burt Ward se llaman Boy Wonder. My life in tights (Joven Maravilla. Mi vida en calzas). El tono es picaresco y el contenido algo chismoso. Juega todo el tiempo con la tensión entre él y Adam West (entre Batman y Robin) y con el clima de época: dos jóvenes estrellas de la televisión en los sesenta y el manejo de la idolatría y la relaciones sexuales con sus fans.

Burt Ward, en el momento del comienzo de Batman, tenía 21 años pero debía encarnar a un adolescente. Casi un niño en calzas coloridas. Inocencia, bondad, búsqueda de la justicia. Alguien a quien todavía el tiempo no pudo erosionarle las ilusiones.

En sus memorias, Burt Ward cuenta que los productores le dijeron: “¿Sabés por qué te elegimos? Porque Robin tiene tu personalidad. Queremos que delante de cámara seas igual que en la vida real”.

La historia de la actuación desborda de desafíos físicos, de actores que se sometieron a transformaciones severas de su cuerpo para interpretar un papel. Ahí están las decenas de kilos que aumentó De Niro para Toro Salvaje, o los que adelgazó Joaquin Phoenix para el Guasón; la nariz retocada de Gerardo Nieva en Gatica, o las modificaciones camaleónicas que encara Christian Bale en cada película.

Sin embargo, da la impresión que a ninguno se le pidió más que a Burt Ward.

Apenas la serie se convirtió en un suceso apareció un problema impensado. La Liga de Madres Católicas a Favor de la Decencia se quejó. Utilizó un recurso que durante décadas fue muy efectivo en la televisión. Una censura solapada. Una extorsión epistolar. Inundaron de cartas a los anunciantes amenazando no comprar sus productos si seguían apoyando el programa. ¿Cuál era el motivo de la queja? La anatomía del Joven Maravilla. Sobre la medibacha blanca, Robin llevaba un ajustado calzón verde. Y las señoras, que eran la voz oficial de la decencia, consideraban eso una verdadera indecencia. Los atributos masculinos de Robin, decían, se marcaban demasiado. La gente de vestuario probó distintas técnicas. Calzoncillos más ajustados, anatómicos que comprimieran más, un nuevo diseño de la pequeña calza, o en alguna escena la capa oportuna para taparlo.

Burt Ward se queja, con cierta amargura, que a Batman le ponían medias u otros implementos para marcar más sus órganos sexuales mientras que a él intentaban que no se le viera nada. Que se convirtiera en un especie de superhéroe eunuco. De todas maneras cada vez que escribe o habla del tema no puede dejar de mostrar su orgullo por la dotación que recibió naturalmente.

Ese tema fue un grave problema hasta que un productor creyó encontrar la solución. Algo drástica debe decirse. Le propuso -se supone que le exigió- que tomara unas pastillas que achicarían su miembro. Un tratamiento hormonal para que las calzas del Joven Maravilla no distrajeran a las decentes señoras de la liga.

Burt Ward cuenta que tomó las pastillas durante tres días. Su deseo de no dejar pasar la oportunidad, de dar la talla (literalmente), de vivir el sueño de ser un superhéroe y una estrella, creyó que bien lo valía. Pero sin decirle a nadie interrumpió el tratamiento. Tuvo una revelación. Vio la situación en perspectiva y se dio cuenta de lo evidente. Aquello que en el mundo del espectáculo parece razonable, parece seguir una lógica, en el mundo real configura una locura, un disparate que puede dejar un daño permanente. Y afectarlo anatómicamente y en su fertilidad.

Al tiempo que cuenta esto, Ward narra una larga serie de hazañas sexuales surgidas a partir de la popularidad. Burt era 17 años más joven que Adam West, su compañero. Su experiencia sexual era escasa, por no decir nula. Esa inocencia, ese candor fue una de las causas de que obtuviera el papel. Sin embargo, pasó lo que pasa siempre. A partir del éxito televisivo su vida (y en especial su vida sexual) cambió de manera rotunda. Y Adam West, Batman, fue quien lo guió en ese nuevo terreno: “Hasta la serie sólo había salido con unas pocas chicas pero nada había pasado. Adam me arrastró a las mayores aventuras sexuales que uno se pueda imaginar. De nada a todo. ¡Sexo salvaje! ¡Y sin parar! Eran los años sesenta. En medio de la Revolución Sexual nosotros teníamos un éxito televisivo”, escribió Burt en sus memorias.

Las aventuras de Batman y Robin se extendían fuera del set. O dentro del set pero detrás de las cámaras. Las mujeres se abalanzaban sobre ellos. Muchas los preferían disfrazados. Querían sentir (o creer) que tenían relaciones con los superhéroes y no con los actores. “Aunque habría que reconocer que hacerlo con el traje puesto tenía sus limitaciones”, reconoció Adam West.

Robin por su parte lo recuerda de manera más festiva, sin incomodidades en su discurso: “Sucedían cosas mágicas. A las 7 de la mañana estábamos maquillándonos y un alud de mujeres nos invadía, nos rodeaba. Teníamos sexo detrás de los decorados, entre escena y escena, en nuestros trailers, en todos lados. Y los días que no rodábamos hacíamos presentaciones promocionales. Y en esos momentos todo se potenciaba. No parábamos”.

Durante años corrieron leyendas en Hollywood sobre las orgías en las que ellos participaban. Se cuenta que Adam West y Frank Gorshin, que hacía de El Acertijo, fueron expulsados, desnudos, de una gran fiesta sexual porque en medio de ella se pusieron a interpretar sus personajes, lo que hizo reír a muchos y desconcentró a los otros participantes.

Si Burt Ward es más explícito en sus recuerdos, Adam West pocas veces habló de este aspecto y cuando lo hizo se mostró más reticente y discreto: “En cierto modo saqué partido de la fama. Y eso incluye todos los placeres humanos que usted pueda imaginar”. Aunque su compañero se haya animado a revelar que la fantasía de Adam West era realizar junto a Ward un Bati trío (lo llama así o Bati sandwich) con Yvonne Craig, la actriz que hacía de Batichica.

El énfasis que Burt Ward pone en sus aventuras puede tener diversos orígenes. Por un lado ese material era un buen gancho para vender más ejemplares de su libro. Por el otro, el subrayado en la Bati actividad sexual alejaría las sospechas de homosexualidad que míticamente se instaló sobre la pareja y que en esa época (penosamente) sonaba como una imputación. “Siempre hicieron chistes sobre nuestra relación. Y así seguirá siendo mientras se pasen los programas. A nosotros nos causaba gracia. Teníamos tantas mujeres, tanta actividad sexual que no hubiéramos siquiera tenido tiempo para una relación homosexual”, escribió Ward.
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